Mujersex

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¿Qué podemos hacer para ayudar en el grave problema de la violencia machista?
Una cuestión a considerar es la imagen de la mujer que utiliza la sociedad para invitarnos a consumir y la aceptación y adopción de ese rol por parte de todos.
Es algo aparentemente inocente y revestido de libre albedrío, pero la realidad es que es que constituye una perversión que ha calado de lleno.

El cuerpo de la mujer se utiliza para vender coches, para hacer que una serie se convierta en éxito, para obtener placer. Y se ha asociado irremediablemente al consumo y al dinero.

La mayoría de las cantantes de éxito, acompañan sus temas con bailes cargados de erotismo.

Las niñas visten de mujeres con minifaldas y camisetas ajustadas. No como disfraz, no, sino como indumentaria diaria. No hay programación infantil y los niños ven programas de televisión en los que la competencia, el sexo banalizado y la crítica destructiva son los únicos asuntos a tratar. Y son el reflejo en el que se miran para la imitación de roles.

El conjunto de las mujeres vemos como normal vestir de forma sugerente. Es por sentirnos bien nosotras, se dice, pero la realidad es que es por la falsa sensación de seguridad que te otorga el sentirte deseada.

La mujer, en este plano físico, está dentro de su cuerpo. Si en determinadas ocasiones, su cuerpo se convierte en objeto, ¿no es fácil pensar que los objetos se poseen?

Son asesinos los que matan. Sólo ellos son culpables de estas crueles muertes.
Pero como sociedad, podemos avanzar buscando causas y tomando medidas, y esas medidas empiezan en las acciones individuales.

Está completamente normalizado y extendido, entender como una broma cuando un hombre comparte una foto subida de tono en, por ejemplo, un grupo de chat. O piropear a una mujer teniendo a su pareja al lado. Hacer comentarios sobre sus atributos y esperar que el resto se ría con su jocosa salida. Se comparten fotos de pechos, motos y fútbol en la misma medida.

Es habitual que las mujeres usen tacones imposibles, maquillaje y ropa minúscula para ir a cualquier sitio.

Es el pan nuestro de cada día ver películas en las que se muestran desnudos de las actrices. No por exigencias del guión y como algo natural, sino con el componente sexual como fin comercial.
En el llamado test de Bechdel, se mide la presencia femenina y su papel en los largometrajes. No tiene validez científica y no es del todo riguroso. De hecho no nació de ningún estudio sino en un cómic, pero nos da una idea de la brecha entre géneros que existe.
En dicho test, se miden tres requisitos, el primero, si salen al menos dos personajes femeninos; el segundo, si dichos personajes se hablan entre si y el tercero, si la conversación no trata de un hombre.
Es simple pero sorprendente el resultado. Y aún en el caso de superar la prueba, esto no garantiza que el perfil retratado de la mujer en la película sea el ideal.

En el deporte, las mujeres casi deben desvestirse para practicarlo en el ámbito profesional. No por funcionalidad, sino para vender.

Hemos integrado que el aspecto sexual, es el principal componente de la imagen femenina. Y es una sexualidad confusa y contaminada.

Y el sexo y la mujer como una cosa a poseer: “Es mía o de nadie”, es el detonante de esta denigrante violencia.

Seguimos poniendo el acento en el lenguaje y en la discriminación positiva. Elementos que a mi juicio, no son más que anécdotas que aumentan la discriminación. Otra cosa muy distinta es la increíble desigualdad salarial aún existente, algo a erradicar de forma necesaria e inmediata.

El desnudo, el sexo, la sensualidad son aspectos hermosos del ser humano.
Pero el consumo ha encontrado el gran filón. Y nos hemos convertido en cómplices.

Cada vez más delgadas, cada vez más jóvenes. Cada vez más sugerentes. Y toda la estructura consumista construyendo su tela de araña sobre hombres y mujeres.

Son asesinos los que matan. Sólo ellos son culpables de estas crueles muertes.
Pero como sociedad, podemos avanzar buscando causas y tomando medidas, y esas medidas empiezan en las acciones individuales.

Podemos exigir que se eliminen los anuncios de prostitución en los periódicos; vestir a las niñas de niñas permitiendo que vivan su niñez sin sexualizarlas; denunciar ante los organismos competentes los anuncios, películas y series que exhiben a la mujer como un objeto; invitar cariñosamente a los hombres que comparten ante nosotras imágenes sexuales de una mujer, que dejen de hacerlo por el daño encubierto que supone, aunque no sean conscientes de ello; enseñar a los niños danzas que invitan a la comunión con la vida, y no sólo conectan con el sexo.
Pensar en un estilo de vida saludable como algo respetuoso hacia nosotros, más que una forma de obtener seguridad y autoestima a través de la imagen.

Todo esto parece que roza con las libertades. Pero es la confusión de la que se vale esta perversión para seguir operando.

Belleza natural, sexo sin consumo.
Infancia vivida como tal.
Femineidad como complemento a la masculinidad.
Seres que aman sin posesión.

Se puede conseguir.

 

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