Abre los brazos

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Sé que estamos en tiempos de consumo rápido. De mensajes directos, cortos, enmarcados a ser posible en una bonita foto que llame la atención y con un mensaje preferentemente crítico o frívolamente positivo.
 
Mi forma no es esa. Mi modo de expresión no utiliza ese medio. Tengo una finalidad y preservo mi identidad a pesar de los vaivenes de la estética de los recados. Comparto lo que soy a través de los canales que se abren ante mí y me ensancha, que no satisface, la utilidad que algunas personas me dicen que tiene para ellas.
 
Preservar la identidad es difícil. Sobre todo cuando se anhelan Me Gusta.
Cuando se pretende conservar, aunque parezca una contradicción.
Porque… aunque nuestra esencia perdure, nuestra manifestación de la personalidad cambia. No somos siempre igual.
 
Ya no somos lo que fuimos ni lo seremos. Esa niña alegre y confiada; aquel empresario de éxito; un adolescente atractivo y rebelde; la mujer segura con todos los requisitos sociales cumplidos. Esa encargada sana con un puesto de responsabilidad. Esa otra actriz de moda a la que todos los directores de cásting llamaban. Ese hombre inseguro. Aquel chico solo y sin pareja, el “suelto” como le llamaban los amigos. Ese otro joven al que le intimidaban los niños que pertenecían a una familia unida y amorosa porque se sentía inferior a ellos. La persona llena de un miedo y angustia inclasificable, con una querencia hacia la “no vida” más grande que a la Vida.
 
Ya no somos esas personas ni falta que hace.
 
Ser los mismos, o más que ser, estar en la misma situación vital, sería tan imposible de pedir como disfrutar de un baño en el mar y querer estar siempre en la cresta de la ola.
 
Las conquistas sólo sirven para cada cima. Y duran unos segundos. Desde el instante en el que te repones de la subida y te preparas para la bajada.
 
Hay una buenísima noticia: Queda, y lo hará para siempre, lo que más vale de ti.
 
Aquello que hizo que consiguieras ascender la montaña; aquello que te hizo disfrutar de la ola; lo que, dentro de ti, consiguió que tuvieses un buen trabajo o esa fuerza que te permitió enfrentarte al miedo del vacío. Lo que te hizo elegir vivir antes del morir.
 
Ya no estás el que fuiste ni para lo “bueno” ni para lo “malo”. Entonces, ¿en cuántas de las primeras cosas te has quedado enganchado y te cuesta desprenderte de ellas, aceptar que ya no forman parte de ti, para poder disfrutar de las nuevas?
¿Cuántas respuestas has mecanizado por cuestiones que te restaban en la vida y que ya no forman parte de ti? Por ejemplo, eras tremendamente inseguro y siempre estabas a la defensiva. Ya no eres tan inseguro, pero quizá has normalizado esa defensa y la has automatizado como parte de tu personalidad.
 
Hay una buenísima noticia: Queda, y lo hará para siempre, lo mejor de ti.
Siente el propósito de tu vida. Respira profundamente y siente lo que eres más allá de las etiquetas, de los nombres e, incluso de lo que se puede compartir.
 
Descansa. Si abres los brazos, aumentará tu flotabilidad. Y además podrás recibir el abrazo del agua, de la vida y de todo lo que está aguardando para formar parte de ti.
 
Ya no eres lo que estabas, ni falta que hace.

 

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