Haciendo que imposto

Tiburcio y Afrodisio están sentados sobre un peñasco contemplando el horizonte. Bueno, más que al horizonte, Tiburcio mira a Cáceres y Afrodisio a Badajoz.

El primero vuelve la cabeza y observa de hito en hito al segundo. Los graníticos párpados de éste guardan pliegues de hastío.
– Disi, hace tiempo que no dices nada divertido, inteligente, profundo o espiritual. Me gusta cuando hablas de esa forma porque tus palabras resuenan en mi interior. Este eco me indica que esa información ya estaba en mí, luego deduzco que previa e inadvertidamente, he tenido que hacer yo ese razonamiento. Este mágico silogismo me lleva a pensar y a sentir que tu inteligencia, profundidad, creatividad y espiritualidad son mías. Y mi existencia gris brilla y se transforma en una posibilidad insospechadamente apasionante y transcendente.

– ¡Qué coñazo, Burci! ¿No ves que estoy dejando de impostar para por fin ser?

– ¡Anda, no me había dado cuenta! Perdóname, Disi.

Tiburcio vuelve a su habitual gesto aburrido. De pronto, una sonrisa golosinea en su rostro.

-¡Oye, oye, oye! ¡Casi se me pasa! Esto que acabas de decir es profundo…

– ¡No me jodas, Burci!

Afrodisio se levanta y se va.

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