Qué hay de bueno

Espero para pagar en la cola de la caja entre un posiblemente carnicero y una posiblemente contable de una empresa de electrodomésticos.
La clase media.
Ausencia de consciencia.

Descubro que eso era para mí hasta ahora.
En realidad es un reto para el ser.

Escapar de la mediocridad, mejor dicho, fundirse en ella; desligarse de la cuentaahorrovivienda y lasubidadeleuribor; desvincularse de las vacaciones en Calpe; de pagar al dentista; desapegarse de notengoropaqueponerme para reencontrarse con uno mismo, con el misterio de la vida, con el maravilloso regalo de la creación, con la infinita paz encontrada en nuestro núcleo y la conexión de amor entre todo lo que es.

Quizá diga una tontería, pero creo que los grandes maestros han escogido vidas de riqueza o miseria. O la primera para terminar en la segunda.
No está en mi intención criticar tales actitudes ante la materia, ¡faltaría más! No obstante encuentro este punto medio de la riqueza en el que me encuentro un obstáculo molesto para el espíritu.

Es dificultoso meditar diariamente al menos una hora cuando tienes que trabajar para vivir (nunca invertir los términos); hacer la compra y preparar comida; llevar los niños al cole, hacer los deberes con ellos.
Los hijos te conducen con suavidad a lo terrenal. Te abren y llenan el corazón y te empujan a la intendencia.

En numerosas ocasiones en las que mi espíritu pugnaba por desasirse de las fachadas y ansiaba recluirme en una vida únicamente espiritual, mi hijo me traía de vuelta al mundano diario. Con una sonrisa tan bella y un amor tan puro que no he podido más que pensar que eso era lo que tenía que ser y por tanto lo mejor. Con total certeza.

Y así he pasado casi toda mi vida, de puntillas a punto de elevar el vuelo o aplastada contra la tierra, sintiendo una fuerza de gravedad que me tornaba muy pesada.
Pasando fines de semana en retiro en los que rápidamente conectaba con mi ser interior, con la belleza y el amor para después, sin solución de continuidad, mirarme en el espejo de los otros, tratando de obtener una visión proyectada de mí satisfactoria. Tratando de gustar, de ser aceptada, de resultar profunda cuando lo que estaba movilizando era la superficie.

La clase media. En medio. Balanceado. Con los pies en el suelo, el corazón mediando y la cabeza arriba.
Utilizar la materia sin apegarse a ella. Proyectar sin desear. Estar sin subir y bajar.

Es un regalo esta oportunidad. Mediocre. En el medio. Se puede poco a poco llegar a estar en equilibrio. En una sociedad que te empuja pero que lo único que puede hacer es presionar. Como un dedo en un bizcocho para saber si está tierno.
Aún queda un poco de horno, pero el color y el olor son deliciosos.

Creo que el próximo maestro espiritual será dependienta de El Corte Inglés.


Clase media
Enganchados a decir malas noticias

Cogió un taburete y se sentó junto a su madre, que estaba pelando judías verdes
- Mamá, ¿por qué disfruto contando desgracias?
Su madre le miró sin comprender. Julio continuó:
- Es algo que me pasa y quiero saber por qué. El otro día, cuando murió el padre de Isabel, fui a contárselo a todos. El año pasado, cuando la profesora de matemáticas tuvo cáncer, también me gustó hablar de ello y ayer, la hermana de Sofía tuvo un accidente muy horrible y mira, vine corriendo a casa y os lo conté.
Su madre, sin dejar de pelar, le miró distraída y azorada
– Bueno, Julio, eso no es algo raro. A todos nos pasa. Y no es que nos guste, es que los humanos sentimos interés por cosas desagradables. A eso se le llama morbo.
- ¿Morbo? – repitió Julio.
- Sí, hijo. Morbo. Es lo que hace que veamos esos programas de televisión en los que la gente se insulta, que nos paremos a mirar un accidente o lo que dices que te pasa a ti, que cuando sucede algo terrible tienes la sensación de disfrutar hablando de ello.
- Pues a mí no me gusta el morbo. Es que, mamá, creo que estoy enganchado. Anoche estuve pensando en ello. Pensé que a lo mejor tengo que hablar de ello para darme cuenta de que no es a mí al que le ha pasado y que estoy a salvo. O que me pasa porque soy un poco malo y hablando de algo que es malo también, no tengo que disimular haciéndome el bueno. Después me vino la idea de que igual pienso que la gente se merece lo que le pasa, pero eso era tan feo que no lo quise pensar mucho.

Ahora había dejado la verdura y miraba fijamente a su hijo. Sus ojos brillaban. Se quitó despacio el delantal, besó a Julio en la frente y dijo:

- ¿Sabes qué? Que yo también estoy enganchada a decir malas noticias y tampoco me gusta el morbo.