Qué hay de bueno

Parece que muchos de los problemas del ser humano se relacionan con la muerte.
Especialmente en Occidente, donde desde pequeños se nos educa para temer y obviar este tránsito, el único suceso seguro en la vida de una persona.
Nos preparamos para un futuro profesional que quizás nunca lleguemos a desempeñar; nos preparamos para el parto; para casarnos; para conducir un coche; para tener un cuerpo en forma... ¿y para morir?. ¿Cuánto tiempo dedicamos en nuestra vida a perder el miedo, a ser conscientes de esta corta oportunidad para ser felices, a dejar solucionados nuestros asuntos, sin que tengan que suponer una carga para los que se quedan?.
Nos limitamos a procurar olvidar el tema, argumentando que cuando nos toque, tocará y, mientras, a disfrutar de la vida.
Pero, ¿es así?
Es una aparente estabilidad, llena de fisuras.
Al dar la espalda a nuestra naturaleza mortal, olvidamos una parte fundamental de nosotros mismos, sin la cual, es difícil estar en paz íntimamente.
La alegría es superficial, porque está haciendo equilibrios, sorteando dudas y esquivando malas noticias.
Enfrentarse a lo inevitable puede ser la mejor opción.
Y una vez frente a ti, la cuestión deja de ser inabarcable.
Porque todo aquello a lo que te resistes a pensar, aquello que intentas evitar, se convierte en un monstruo hambriento de tu energía, de tu serenidad.
Comienzas a despejar sombras, a contemplar posibilidades, y los pensamientos que dejan de estar marginados y confinados al mundo de lo apartado, pierden su aspecto feroz y se convierten en algo mucho más accesible.