Qué hay de bueno

A menudo me preguntan: -¿Por qué te interesa la muerte?
Hasta hace no mucho tiempo me resultaba difícil contestar: - Porque me gusta.
Y realmente es así, me gusta lo que me aporta, con lo que me conecta. Me conecta directamente con lo real, auténtico. Con la sensación de transcendencia, me coloca inevitablemente en mi ser completo y me aparta de la identificación exclusiva con la materia. Me da dimensión a la vida, obligándome a valorar lo importante.
Observo que últimamente, sobre todo en televisión, se aborda este tema. El pasado martes se emitió un documental (TVE2) que mostraba una visión integradora de la mortalidad. También hemos visto estos días el caso de un ciudadano británico que ha decidido poner fin a su vida.
Se hace cada vez más visible la eutanasia, su regulación y la necesidad de una ley que la contemple.
Es lógico.
La crisis nos obliga. Nos muestra aquello que en nuestra sociedad hemos decidido obviar por resultar incómodo y contrario a un modo de vida consumista, irreal y material.
También nos hará conectar con nuestros problemas, con nuestras carencias como seres humanos. Con aquello que nos llena y que es imposible comprar. Que necesita de nuestra fuerza y riqueza. De nuestra energía y capacidad de decisión.
Los valores en bolsa se tambalean. Con ellos lo hace nuestro sistema de valores. Nos sentimos vulnerables. Conocer las debilidades nos da la oportunidad de ser más fuertes.

Cuando una persona vive una experiencia de muerte, si esta ha sido lo suficientemente poderosa, esta persona reconsidera su vida prestando más atención a su yo íntimo, espiritual. El observar un cuerpo en el que ha vivido un ser amado y descubrirlo vacío hace pensar que el ser amado no era el cuerpo. Y que aquello que abrazábamos y en el que reconocíamos su persona no era más que el vehículo.
Es frecuente que personas que han vivido una situación en la que tenían la certeza de que su vida había terminado, hayan descubierto que no les supuso un momento dramático sino, por el contrario, sereno y completo.
Esto ocurre igualmente con experiencias que se escapan a una explicación mental o racional. Las llamadas experiencias cumbre; estados disociados de conciencia o percepciones extra sensoriales.
Al ser momentos en los que el ser muestra su verdadera dimensión se suelen asociar al misticismo, a la religión e incluso al ocultismo.
La consecuencia de dicha asociación en ocasiones no es del todo satisfactoria porque nos enfoca únicamente en una faceta.
Pasamos del materialismo a la espiritualidad.
En mi opinión, la realidad de nuestra naturaleza es la comunión de ambas. La integración de nuestros variados aspectos, la contemplación de las numerosas facetas que conforman nuestro ser.
Nos instalamos en nuestra faceta material cuando decidimos que hay que hacer dinero cueste lo que cueste. Cuando nos vamos de compras gastando más de lo ético dejándonos llevar por las órdenes impuestas por estudios de marketing. Cuando nos obsesionamos por nuestro aspecto físico.
Y de hay pasamos, sin solución de continuidad, a un retiro budista de fin de semana.
¿Podremos, tendremos capacidad para encontrar un lugar en el centro? En nuestro centro. En el más íntimo y a la vez común. En el que seremos nosotros como nunca lo hemos sido y a la vez, todos los seres.


(Escrito por Elena Martín)