Qué hay de bueno
Berta sabía la respuesta, -¡No, no puedes!- pero aún así preguntaba. No quería disgustar a su familia, pero no acababa de entender los motivos por los cuales su vida debía ser como era.
¡Parecía tan hermoso desde su ventana!
Sus abuelos, padres y hermanos, bueno, todo el mundo en general, daban mucha importancia a su aspecto. Toda la importancia.
Tanta que estaba prohibido hacer cualquier cosa que atentase en su contra. Si una persona no cuidaba estrictamente su imagen podía ser detenida y confinada a vivir en soledad encerrada en una oscura celda.
Obviamente sus abuelos eran los más bellos. Los más arrugados y gordos. Los más estéticamente perfectos.
Berta odiaba la obligada inactividad y las largas sesiones de muecas faciales para conseguir arrugas. No tenía muy buena piel. Ya no era una niña y aún así su cutis conservaba un aspecto lozano y sonrosado.
Su madre se lamentaba de su mala fortuna. Estaba segura de que tendría que seguir los pasos de su hermano Bruno, que había tenido que someterse a una senecplastia con tan sólo dieciséis años de edad.
- ¡Berta Golda! (chillaba su madre) ¿es que no quieres encontrar pareja ni un buen trabajo nunca? Deja de moverte de un lado para otro y arruga un poco más los ojos para leer ese libro. O te portas bien y me haces caso, o me veré obligada a denunciarte a la policía. Sabes que tu prima Aurelia está presa desde hace diez años. Le está bien empleado por montar públicamente en bicicleta ¡A quién se le ocurre, ejercicio aeróbico!
Algo en su interior le decía que el aspecto físico no podía ser tan importante.
Le hubiera encantado volver algún día andando de la escuela a casa, sobre todo los días de lluvia ¡olía tan bien la tierra mojada! Pero sentía mucho miedo al pensar que alguien podía verla y denunciarla. Pensaba en su prima, pobre Aurelia, ¡qué vida tan desgraciada estaría viviendo!
Volvió a mirar desde su ventana el camino que llevaba al bosque.
Ese corto trayecto que vislumbraba tras el vidrio le haría perder al menos doscientos gramos, sin contar con el peligro que suponía ser vista por los vecinos.
- ¡Berta! – chilló su abuela- Va a comenzar en la televisión el concurso de belleza. Hoy pasará a la final la mujer que contabilice más arrugas en el rostro ¡qué suerte, tan jóvenes y con ese aspecto tan vetusto!
Todo comenzó cuando la industria cosmética tocó techo. La gente muy joven y la muy mayor no se podían incluir como clientes y decidieron invertir los cánones de belleza. Ahora se podría aspirar siempre a parecer más mayor. Desde el nacimiento hasta la muerte. Consumidores potenciales: ¡toda la población!
Productos para envejecer la piel; una misma persona podía operarse cuarenta o cincuenta veces. Alargamiento de nariz y orejas, arrugas, injertos de piel para reproducir flaccidez...
Además, cuanto más obesa fuese la población más alimentos se podrían consumir.
Los gimnasios no perderían adeptos ya que se proponían ejercicios específicos para mantener el tono cardíaco sin fortalecer el muscular.
Todo estaba muy bien planificado. Muchas personas habían mordido el anzuelo de la nueva moda. Parecer anciano se había convertido en una meta en sus vidas. Algo en lo que pensar, sobre lo que desviar la atención de sus miserias y preocupaciones. De sus sueños.
Y las que no lo habían hecho estaban obligadas a hacerlo. Era en aras del progreso, decían los políticos.
Ya estaba toda la familia reunida frente al televisor.
Se dio cuenta de que era un momento ideal. Ahora o nunca. Nadie la echaría en falta. No debía preocuparse por los vecinos ya que también estarían pegados al aparato.
Berta dijo que prefería ver el concurso desde su habitación ya que no quería distracciones.
Se dirigió a su habitación, encendió la televisión y cerró la puerta. Disponía de una hora. Saltó desde su ventana al tejadillo del porche y de ahí al suelo. Ante sí se extendía el bosque.
A medida que avanzaba se sentía más ligera. Era sorprendente, esa sensación le resultaba placentera.
Todo había resultado más fácil de lo esperado.
Contempló la tersa hoja de una higuera. La encontró bellísima. Se tocó el rostro.
Por primera vez aceptaba sus trece años con orgullo.
-Mi juventud es hermosa como la tuya - pensó al admirar el árbol - Mi cuerpo es estrecho como tu tronco.
De pronto, un ruido la sobresaltó. Se giró y vio con espanto una figura humana que la seguía. ¡Es el fin!- pensó- Se acabó mi libertad.
La figura avanzó. Era una fea mujer. Berta tembló de pavor.
Un rayo del último sol acarició el rostro de la mujer. Era joven y delgada pero ya no le resultaba tan desagradable. Es más, tenía un gran parecido con... ¡su prima Aurelia!
- Berta, no temas. Soy yo. No estoy presa ni soy desgraciada. Acepto mi ser y soy feliz. Me gustaría que hablásemos un rato para explicarte con más detalle, pero antes camina un rato y halla lo que has venido a buscar.
Y la adolescente se adentró en el bosque. Se sintió alegre y en paz.
Y se sintió agua, camino, todos los seres y luz
- Somos lo mismo...
No había distinción entre dentro de sí y fuera. En el interior de su pecho algo se abrió como una sonrisa largo tiempo contenida.
Decidió ser siempre ella. Ser siempre todo.
Y no olvidar el camino al bosque que sin duda le había proporcionado su verdadera identidad.
(Escrito por Elena Martín)
¡Parecía tan hermoso desde su ventana!
Sus abuelos, padres y hermanos, bueno, todo el mundo en general, daban mucha importancia a su aspecto. Toda la importancia.
Tanta que estaba prohibido hacer cualquier cosa que atentase en su contra. Si una persona no cuidaba estrictamente su imagen podía ser detenida y confinada a vivir en soledad encerrada en una oscura celda.
Obviamente sus abuelos eran los más bellos. Los más arrugados y gordos. Los más estéticamente perfectos.
Berta odiaba la obligada inactividad y las largas sesiones de muecas faciales para conseguir arrugas. No tenía muy buena piel. Ya no era una niña y aún así su cutis conservaba un aspecto lozano y sonrosado.
Su madre se lamentaba de su mala fortuna. Estaba segura de que tendría que seguir los pasos de su hermano Bruno, que había tenido que someterse a una senecplastia con tan sólo dieciséis años de edad.
- ¡Berta Golda! (chillaba su madre) ¿es que no quieres encontrar pareja ni un buen trabajo nunca? Deja de moverte de un lado para otro y arruga un poco más los ojos para leer ese libro. O te portas bien y me haces caso, o me veré obligada a denunciarte a la policía. Sabes que tu prima Aurelia está presa desde hace diez años. Le está bien empleado por montar públicamente en bicicleta ¡A quién se le ocurre, ejercicio aeróbico!
Algo en su interior le decía que el aspecto físico no podía ser tan importante.
Le hubiera encantado volver algún día andando de la escuela a casa, sobre todo los días de lluvia ¡olía tan bien la tierra mojada! Pero sentía mucho miedo al pensar que alguien podía verla y denunciarla. Pensaba en su prima, pobre Aurelia, ¡qué vida tan desgraciada estaría viviendo!
Volvió a mirar desde su ventana el camino que llevaba al bosque.
Ese corto trayecto que vislumbraba tras el vidrio le haría perder al menos doscientos gramos, sin contar con el peligro que suponía ser vista por los vecinos.
- ¡Berta! – chilló su abuela- Va a comenzar en la televisión el concurso de belleza. Hoy pasará a la final la mujer que contabilice más arrugas en el rostro ¡qué suerte, tan jóvenes y con ese aspecto tan vetusto!
Todo comenzó cuando la industria cosmética tocó techo. La gente muy joven y la muy mayor no se podían incluir como clientes y decidieron invertir los cánones de belleza. Ahora se podría aspirar siempre a parecer más mayor. Desde el nacimiento hasta la muerte. Consumidores potenciales: ¡toda la población!
Productos para envejecer la piel; una misma persona podía operarse cuarenta o cincuenta veces. Alargamiento de nariz y orejas, arrugas, injertos de piel para reproducir flaccidez...
Además, cuanto más obesa fuese la población más alimentos se podrían consumir.
Los gimnasios no perderían adeptos ya que se proponían ejercicios específicos para mantener el tono cardíaco sin fortalecer el muscular.
Todo estaba muy bien planificado. Muchas personas habían mordido el anzuelo de la nueva moda. Parecer anciano se había convertido en una meta en sus vidas. Algo en lo que pensar, sobre lo que desviar la atención de sus miserias y preocupaciones. De sus sueños.
Y las que no lo habían hecho estaban obligadas a hacerlo. Era en aras del progreso, decían los políticos.
Ya estaba toda la familia reunida frente al televisor.
Se dio cuenta de que era un momento ideal. Ahora o nunca. Nadie la echaría en falta. No debía preocuparse por los vecinos ya que también estarían pegados al aparato.
Berta dijo que prefería ver el concurso desde su habitación ya que no quería distracciones.
Se dirigió a su habitación, encendió la televisión y cerró la puerta. Disponía de una hora. Saltó desde su ventana al tejadillo del porche y de ahí al suelo. Ante sí se extendía el bosque.
A medida que avanzaba se sentía más ligera. Era sorprendente, esa sensación le resultaba placentera.
Todo había resultado más fácil de lo esperado.
Contempló la tersa hoja de una higuera. La encontró bellísima. Se tocó el rostro.
Por primera vez aceptaba sus trece años con orgullo.
-Mi juventud es hermosa como la tuya - pensó al admirar el árbol - Mi cuerpo es estrecho como tu tronco.
De pronto, un ruido la sobresaltó. Se giró y vio con espanto una figura humana que la seguía. ¡Es el fin!- pensó- Se acabó mi libertad.
La figura avanzó. Era una fea mujer. Berta tembló de pavor.
Un rayo del último sol acarició el rostro de la mujer. Era joven y delgada pero ya no le resultaba tan desagradable. Es más, tenía un gran parecido con... ¡su prima Aurelia!
- Berta, no temas. Soy yo. No estoy presa ni soy desgraciada. Acepto mi ser y soy feliz. Me gustaría que hablásemos un rato para explicarte con más detalle, pero antes camina un rato y halla lo que has venido a buscar.
Y la adolescente se adentró en el bosque. Se sintió alegre y en paz.
Y se sintió agua, camino, todos los seres y luz
- Somos lo mismo...
No había distinción entre dentro de sí y fuera. En el interior de su pecho algo se abrió como una sonrisa largo tiempo contenida.
Decidió ser siempre ella. Ser siempre todo.
Y no olvidar el camino al bosque que sin duda le había proporcionado su verdadera identidad.
(Escrito por Elena Martín)
Investigadores descubren el mecanismo neuronal que conduce a este estado de ánimo
El cerebro humano anticipa los acontecimientos con un optimismo incorregible que en muchas ocasiones carece de fundamento, aunque contribuya a la salud, afirma un equipo de científicos en la edición de la revista británica "Nature".
Varios investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York han llegado a estas conclusiones echando mano de la resonancia magnética.
Esta técnica les ha permitido demostrar que dos zonas del cerebro -el córtex cingular anterior y la amígdala- se mostraban más activas cuando alguien recuerda un hecho positivo o negativo del pasado, o anticipa un futuro feliz, que cuando anticipa un porvenir sombrío.
Tali Sharot y sus colegas pidieron a siete hombres y a ocho mujeres, de edades comprendidas entre los 18 y los 36 años, que pensaran en acontecimientos de su pasado, y que luego imaginaran su futuro durante 14 segundos.
Los psicólogos y neurólogos partieron de la premisa de que "una ilusión moderadamente optimista puede estimular una adaptación del comportamiento con vistas a alcanzar un objetivo, y está asociada a la salud física y mental".
Tras haber analizado las imágenes transmitidas por los 15 cerebros examinados, los científicos llegaron a la conclusión de que "la amígdala está sin duda implicada en la anticipación selectiva de acontecimientos emocionales futuros, en vez de servir de forma general a concebir el futuro".
Los autores del estudio consideran que sus resultados "podrían permitir esclarecer los mecanismos que rigen la depresión", puesto que las zonas cerebrales activadas por el optimismo también reaccionan en caso de depresión.
Optimistas y pesimistas
La investigación "establece por primera vez una correlación entre los pensamientos optimistas y pesimistas y la actividad de algunas regiones del cerebro", reconoce el profesor de neurofisiología Marcello Costa, de la universidad australiana de Flinders.
Pero su alcance, a su entender, es limitado, habida cuenta de que "no nos enseñan nada sobre los mecanismos neuronales que vinculan el aumento de la actividad cerebral a un estado mental".
Según el profesor Costa, hasta que se demuestre lo contrario, un cerebro más activo no garantiza el optimismo y tampoco se puede afirmar que el pesimismo sea una consecuencia directa de una ralentización cerebral.
Varios investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York han llegado a estas conclusiones echando mano de la resonancia magnética.
Esta técnica les ha permitido demostrar que dos zonas del cerebro -el córtex cingular anterior y la amígdala- se mostraban más activas cuando alguien recuerda un hecho positivo o negativo del pasado, o anticipa un futuro feliz, que cuando anticipa un porvenir sombrío.
Tali Sharot y sus colegas pidieron a siete hombres y a ocho mujeres, de edades comprendidas entre los 18 y los 36 años, que pensaran en acontecimientos de su pasado, y que luego imaginaran su futuro durante 14 segundos.
Los psicólogos y neurólogos partieron de la premisa de que "una ilusión moderadamente optimista puede estimular una adaptación del comportamiento con vistas a alcanzar un objetivo, y está asociada a la salud física y mental".
Tras haber analizado las imágenes transmitidas por los 15 cerebros examinados, los científicos llegaron a la conclusión de que "la amígdala está sin duda implicada en la anticipación selectiva de acontecimientos emocionales futuros, en vez de servir de forma general a concebir el futuro".
Los autores del estudio consideran que sus resultados "podrían permitir esclarecer los mecanismos que rigen la depresión", puesto que las zonas cerebrales activadas por el optimismo también reaccionan en caso de depresión.
Optimistas y pesimistas
La investigación "establece por primera vez una correlación entre los pensamientos optimistas y pesimistas y la actividad de algunas regiones del cerebro", reconoce el profesor de neurofisiología Marcello Costa, de la universidad australiana de Flinders.
Pero su alcance, a su entender, es limitado, habida cuenta de que "no nos enseñan nada sobre los mecanismos neuronales que vinculan el aumento de la actividad cerebral a un estado mental".
Según el profesor Costa, hasta que se demuestre lo contrario, un cerebro más activo no garantiza el optimismo y tampoco se puede afirmar que el pesimismo sea una consecuencia directa de una ralentización cerebral.
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