Qué hay de bueno
Control frente a Aceptación
-Yo me controlo mucho. Tengo que hacer grandes esfuerzos pero no me queda más remedio sin quiero domesticar mi mal carácter.
Eso es lo que me decía un compañero cuando hablábamos sobre las manifestaciones emocionales. Yo percibía esa tensión por controlar. Bajo su apacible personalidad no podía ocultarse una olla a presión dispuesta a explotar en el momento más inesperado.
Pero ¿es realmente efectivo el control, la domesticación de esos comportamientos que juzgamos inadecuados o indeseados?
El control implica lucha, conflicto. Consiste en aplicar una fuerza para mantener a raya algo que consideramos inaceptable. Y al establecerse esa lucha otorgamos poder a aquello que queremos controlar. Porque esa emoción se va a rebelar contra la fuerza que intenta aplacarla. Al luchar contra una emoción, rasgo o tendencia, la intentamos separar de nosotros y la colocamos enfrente. Al hacer esto cobra vida como si de un personaje se tratase. Ya no es una parte, es un todo y de esta forma, inevitablemente, adquiere aún más poder.
Al aceptar integramos esa emoción, la reconocemos, la observamos. Con esto no magnificamos esa emoción, por el contrario, la hacemos una parte y por la tanto, el espacio que ocupa es pequeño, no puede invadirlo todo.
Por ejemplo: En una reunión de trabajo se hacen una serie de comentarios que yo interpreto están dirigidos contra mi persona. Esto me hace sentir inseguro. Controlo esa inseguridad para que no se me note. Esa inseguridad cobra fuerza por la presión que ejerzo sobre ella. Como parte del control me mantengo en silencio (si digo algo tengo miedo de no poder calibrar mis palabras) y a causa de ello me siento cobarde. Esa cobardía seguramente se transforma, bajo la tensión, en rabia. Rabia por ser objeto de (supuestas) descalificaciones, rabia por no ser capaz de expresarme. Rabia que seguramente proyectaré y descargaré en otros bien a través del enfado o de comentarios malintencionados sobre los demás:
- ¿Sabes lo que me ha pasado en el trabajo? ¡Qué se habrán creído! Pues fíjate que estábamos en una reunión importantísima…
Este tipo de comentarios son una forma de agresividad y contagian el mal humor y la inquietud con igual facilidad que si presenciamos una disputa.
Si en esa misma reunión, al empezar a sentir esa sensación de inseguridad en lugar de intentar aplacarla la acepto, si no ejerzo fuerza sobre ella, si en lugar de dar prioridad al pensamiento se lo doy a la emoción y, por unos segundos me centro en ella observándola de la forma más aséptica posible, con toda seguridad se diluirá.
Y nuestra mente no necesitará continuar. No hay más. Sentir, observar y aceptar. Porque lo que sentimos no es ni bueno ni malo. Es lo que sentimos. Sus razones tendrá nuestra mente. Algo del pasado, del presente o del futuro. Pero creo que eso no es importante.
Eso es lo que me decía un compañero cuando hablábamos sobre las manifestaciones emocionales. Yo percibía esa tensión por controlar. Bajo su apacible personalidad no podía ocultarse una olla a presión dispuesta a explotar en el momento más inesperado.
Pero ¿es realmente efectivo el control, la domesticación de esos comportamientos que juzgamos inadecuados o indeseados?
El control implica lucha, conflicto. Consiste en aplicar una fuerza para mantener a raya algo que consideramos inaceptable. Y al establecerse esa lucha otorgamos poder a aquello que queremos controlar. Porque esa emoción se va a rebelar contra la fuerza que intenta aplacarla. Al luchar contra una emoción, rasgo o tendencia, la intentamos separar de nosotros y la colocamos enfrente. Al hacer esto cobra vida como si de un personaje se tratase. Ya no es una parte, es un todo y de esta forma, inevitablemente, adquiere aún más poder.
Al aceptar integramos esa emoción, la reconocemos, la observamos. Con esto no magnificamos esa emoción, por el contrario, la hacemos una parte y por la tanto, el espacio que ocupa es pequeño, no puede invadirlo todo.
Por ejemplo: En una reunión de trabajo se hacen una serie de comentarios que yo interpreto están dirigidos contra mi persona. Esto me hace sentir inseguro. Controlo esa inseguridad para que no se me note. Esa inseguridad cobra fuerza por la presión que ejerzo sobre ella. Como parte del control me mantengo en silencio (si digo algo tengo miedo de no poder calibrar mis palabras) y a causa de ello me siento cobarde. Esa cobardía seguramente se transforma, bajo la tensión, en rabia. Rabia por ser objeto de (supuestas) descalificaciones, rabia por no ser capaz de expresarme. Rabia que seguramente proyectaré y descargaré en otros bien a través del enfado o de comentarios malintencionados sobre los demás:
- ¿Sabes lo que me ha pasado en el trabajo? ¡Qué se habrán creído! Pues fíjate que estábamos en una reunión importantísima…
Este tipo de comentarios son una forma de agresividad y contagian el mal humor y la inquietud con igual facilidad que si presenciamos una disputa.
Si en esa misma reunión, al empezar a sentir esa sensación de inseguridad en lugar de intentar aplacarla la acepto, si no ejerzo fuerza sobre ella, si en lugar de dar prioridad al pensamiento se lo doy a la emoción y, por unos segundos me centro en ella observándola de la forma más aséptica posible, con toda seguridad se diluirá.
Y nuestra mente no necesitará continuar. No hay más. Sentir, observar y aceptar. Porque lo que sentimos no es ni bueno ni malo. Es lo que sentimos. Sus razones tendrá nuestra mente. Algo del pasado, del presente o del futuro. Pero creo que eso no es importante.
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© 2008 Elena Martín Calvo, salvo las citas, que son propiedad de sus autores



