Qué hay de bueno
Cogió un taburete y se sentó junto a su madre, que estaba pelando judías verdes
- Mamá, ¿por qué disfruto contando desgracias?
Su madre le miró sin comprender. Julio continuó:
- Es algo que me pasa y quiero saber por qué. El otro día, cuando murió el padre de Isabel, fui a contárselo a todos. El año pasado, cuando la profesora de matemáticas tuvo cáncer, también me gustó hablar de ello y ayer, la hermana de Sofía tuvo un accidente muy horrible y mira, vine corriendo a casa y os lo conté.
Su madre, sin dejar de pelar, le miró distraída y azorada
– Bueno, Julio, eso no es algo raro. A todos nos pasa. Y no es que nos guste, es que los humanos sentimos interés por cosas desagradables. A eso se le llama morbo.
- ¿Morbo? – repitió Julio.
- Sí, hijo. Morbo. Es lo que hace que veamos esos programas de televisión en los que la gente se insulta, que nos paremos a mirar un accidente o lo que dices que te pasa a ti, que cuando sucede algo terrible tienes la sensación de disfrutar hablando de ello.
- Pues a mí no me gusta el morbo. Es que, mamá, creo que estoy enganchado. Anoche estuve pensando en ello. Pensé que a lo mejor tengo que hablar de ello para darme cuenta de que no es a mí al que le ha pasado y que estoy a salvo. O que me pasa porque soy un poco malo y hablando de algo que es malo también, no tengo que disimular haciéndome el bueno. Después me vino la idea de que igual pienso que la gente se merece lo que le pasa, pero eso era tan feo que no lo quise pensar mucho.
Ahora había dejado la verdura y miraba fijamente a su hijo. Sus ojos brillaban. Se quitó despacio el delantal, besó a Julio en la frente y dijo:
- ¿Sabes qué? Que yo también estoy enganchada a decir malas noticias y tampoco me gusta el morbo.
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© 2008 Elena Martín Calvo, salvo las citas, que son propiedad de sus autores




