Qué hay de bueno
Control frente a Aceptación
-Yo me controlo mucho. Tengo que hacer grandes esfuerzos pero no me queda más remedio sin quiero domesticar mi mal carácter.
Eso es lo que me decía un compañero cuando hablábamos sobre las manifestaciones emocionales. Yo percibía esa tensión por controlar. Bajo su apacible personalidad no podía ocultarse una olla a presión dispuesta a explotar en el momento más inesperado.
Pero ¿es realmente efectivo el control, la domesticación de esos comportamientos que juzgamos inadecuados o indeseados?
El control implica lucha, conflicto. Consiste en aplicar una fuerza para mantener a raya algo que consideramos inaceptable. Y al establecerse esa lucha otorgamos poder a aquello que queremos controlar. Porque esa emoción se va a rebelar contra la fuerza que intenta aplacarla. Al luchar contra una emoción, rasgo o tendencia, la intentamos separar de nosotros y la colocamos enfrente. Al hacer esto cobra vida como si de un personaje se tratase. Ya no es una parte, es un todo y de esta forma, inevitablemente, adquiere aún más poder.
Al aceptar integramos esa emoción, la reconocemos, la observamos. Con esto no magnificamos esa emoción, por el contrario, la hacemos una parte y por la tanto, el espacio que ocupa es pequeño, no puede invadirlo todo.
Por ejemplo: En una reunión de trabajo se hacen una serie de comentarios que yo interpreto están dirigidos contra mi persona. Esto me hace sentir inseguro. Controlo esa inseguridad para que no se me note. Esa inseguridad cobra fuerza por la presión que ejerzo sobre ella. Como parte del control me mantengo en silencio (si digo algo tengo miedo de no poder calibrar mis palabras) y a causa de ello me siento cobarde. Esa cobardía seguramente se transforma, bajo la tensión, en rabia. Rabia por ser objeto de (supuestas) descalificaciones, rabia por no ser capaz de expresarme. Rabia que seguramente proyectaré y descargaré en otros bien a través del enfado o de comentarios malintencionados sobre los demás:
- ¿Sabes lo que me ha pasado en el trabajo? ¡Qué se habrán creído! Pues fíjate que estábamos en una reunión importantísima…
Este tipo de comentarios son una forma de agresividad y contagian el mal humor y la inquietud con igual facilidad que si presenciamos una disputa.
Si en esa misma reunión, al empezar a sentir esa sensación de inseguridad en lugar de intentar aplacarla la acepto, si no ejerzo fuerza sobre ella, si en lugar de dar prioridad al pensamiento se lo doy a la emoción y, por unos segundos me centro en ella observándola de la forma más aséptica posible, con toda seguridad se diluirá.
Y nuestra mente no necesitará continuar. No hay más. Sentir, observar y aceptar. Porque lo que sentimos no es ni bueno ni malo. Es lo que sentimos. Sus razones tendrá nuestra mente. Algo del pasado, del presente o del futuro. Pero creo que eso no es importante.
Eso es lo que me decía un compañero cuando hablábamos sobre las manifestaciones emocionales. Yo percibía esa tensión por controlar. Bajo su apacible personalidad no podía ocultarse una olla a presión dispuesta a explotar en el momento más inesperado.
Pero ¿es realmente efectivo el control, la domesticación de esos comportamientos que juzgamos inadecuados o indeseados?
El control implica lucha, conflicto. Consiste en aplicar una fuerza para mantener a raya algo que consideramos inaceptable. Y al establecerse esa lucha otorgamos poder a aquello que queremos controlar. Porque esa emoción se va a rebelar contra la fuerza que intenta aplacarla. Al luchar contra una emoción, rasgo o tendencia, la intentamos separar de nosotros y la colocamos enfrente. Al hacer esto cobra vida como si de un personaje se tratase. Ya no es una parte, es un todo y de esta forma, inevitablemente, adquiere aún más poder.
Al aceptar integramos esa emoción, la reconocemos, la observamos. Con esto no magnificamos esa emoción, por el contrario, la hacemos una parte y por la tanto, el espacio que ocupa es pequeño, no puede invadirlo todo.
Por ejemplo: En una reunión de trabajo se hacen una serie de comentarios que yo interpreto están dirigidos contra mi persona. Esto me hace sentir inseguro. Controlo esa inseguridad para que no se me note. Esa inseguridad cobra fuerza por la presión que ejerzo sobre ella. Como parte del control me mantengo en silencio (si digo algo tengo miedo de no poder calibrar mis palabras) y a causa de ello me siento cobarde. Esa cobardía seguramente se transforma, bajo la tensión, en rabia. Rabia por ser objeto de (supuestas) descalificaciones, rabia por no ser capaz de expresarme. Rabia que seguramente proyectaré y descargaré en otros bien a través del enfado o de comentarios malintencionados sobre los demás:
- ¿Sabes lo que me ha pasado en el trabajo? ¡Qué se habrán creído! Pues fíjate que estábamos en una reunión importantísima…
Este tipo de comentarios son una forma de agresividad y contagian el mal humor y la inquietud con igual facilidad que si presenciamos una disputa.
Si en esa misma reunión, al empezar a sentir esa sensación de inseguridad en lugar de intentar aplacarla la acepto, si no ejerzo fuerza sobre ella, si en lugar de dar prioridad al pensamiento se lo doy a la emoción y, por unos segundos me centro en ella observándola de la forma más aséptica posible, con toda seguridad se diluirá.
Y nuestra mente no necesitará continuar. No hay más. Sentir, observar y aceptar. Porque lo que sentimos no es ni bueno ni malo. Es lo que sentimos. Sus razones tendrá nuestra mente. Algo del pasado, del presente o del futuro. Pero creo que eso no es importante.
-¿No te alegras?
- Sí, me alegro
- Pues nadie lo diría. Parece que te da igual. Tendríamos que celebrarlo
- Me alegro. Me parece buena noticia. Creo que lo que tú esperas es que sienta euforia. La alegría es serena. La euforia es una subida desmedida, descontrolada. No quiero aferrarme a ningún sentimiento. Si es desagradable, pasará. Si es grato, también pasará. Podemos celebrar la vida. Celebrar este detalle sería darle una importancia que no tiene. Me siento agradecida. Observo lo que siento y es un deseo de involucrarme en esta emoción tan placentera. Y eso me arrastra a identificarme con este yo que cree ser. Pero no soy yo. Soy simplemente. Gracias, amigo, por estar a mi lado.
Espero para pagar en la cola de la caja entre un posiblemente carnicero y una posiblemente contable de una empresa de electrodomésticos.
La clase media.
Ausencia de consciencia.
Descubro que eso era para mí hasta ahora.
En realidad es un reto para el ser.
Escapar de la mediocridad, mejor dicho, fundirse en ella; desligarse de la cuentaahorrovivienda y lasubidadeleuribor; desvincularse de las vacaciones en Calpe; de pagar al dentista; desapegarse de notengoropaqueponerme para reencontrarse con uno mismo, con el misterio de la vida, con el maravilloso regalo de la creación, con la infinita paz encontrada en nuestro núcleo y la conexión de amor entre todo lo que es.
Quizá diga una tontería, pero creo que los grandes maestros han escogido vidas de riqueza o miseria. O la primera para terminar en la segunda.
No está en mi intención criticar tales actitudes ante la materia, ¡faltaría más! No obstante encuentro este punto medio de la riqueza en el que me encuentro un obstáculo molesto para el espíritu.
Es dificultoso meditar diariamente al menos una hora cuando tienes que trabajar para vivir (nunca invertir los términos); hacer la compra y preparar comida; llevar los niños al cole, hacer los deberes con ellos.
Los hijos te conducen con suavidad a lo terrenal. Te abren y llenan el corazón y te empujan a la intendencia.
En numerosas ocasiones en las que mi espíritu pugnaba por desasirse de las fachadas y ansiaba recluirme en una vida únicamente espiritual, mi hijo me traía de vuelta al mundano diario. Con una sonrisa tan bella y un amor tan puro que no he podido más que pensar que eso era lo que tenía que ser y por tanto lo mejor. Con total certeza.
Y así he pasado casi toda mi vida, de puntillas a punto de elevar el vuelo o aplastada contra la tierra, sintiendo una fuerza de gravedad que me tornaba muy pesada.
Pasando fines de semana en retiro en los que rápidamente conectaba con mi ser interior, con la belleza y el amor para después, sin solución de continuidad, mirarme en el espejo de los otros, tratando de obtener una visión proyectada de mí satisfactoria. Tratando de gustar, de ser aceptada, de resultar profunda cuando lo que estaba movilizando era la superficie.
La clase media. En medio. Balanceado. Con los pies en el suelo, el corazón mediando y la cabeza arriba.
Utilizar la materia sin apegarse a ella. Proyectar sin desear. Estar sin subir y bajar.
Es un regalo esta oportunidad. Mediocre. En el medio. Se puede poco a poco llegar a estar en equilibrio. En una sociedad que te empuja pero que lo único que puede hacer es presionar. Como un dedo en un bizcocho para saber si está tierno.
Aún queda un poco de horno, pero el color y el olor son deliciosos.
Creo que el próximo maestro espiritual será dependienta de El Corte Inglés.
La clase media.
Ausencia de consciencia.
Descubro que eso era para mí hasta ahora.
En realidad es un reto para el ser.
Escapar de la mediocridad, mejor dicho, fundirse en ella; desligarse de la cuentaahorrovivienda y lasubidadeleuribor; desvincularse de las vacaciones en Calpe; de pagar al dentista; desapegarse de notengoropaqueponerme para reencontrarse con uno mismo, con el misterio de la vida, con el maravilloso regalo de la creación, con la infinita paz encontrada en nuestro núcleo y la conexión de amor entre todo lo que es.
Quizá diga una tontería, pero creo que los grandes maestros han escogido vidas de riqueza o miseria. O la primera para terminar en la segunda.
No está en mi intención criticar tales actitudes ante la materia, ¡faltaría más! No obstante encuentro este punto medio de la riqueza en el que me encuentro un obstáculo molesto para el espíritu.
Es dificultoso meditar diariamente al menos una hora cuando tienes que trabajar para vivir (nunca invertir los términos); hacer la compra y preparar comida; llevar los niños al cole, hacer los deberes con ellos.
Los hijos te conducen con suavidad a lo terrenal. Te abren y llenan el corazón y te empujan a la intendencia.
En numerosas ocasiones en las que mi espíritu pugnaba por desasirse de las fachadas y ansiaba recluirme en una vida únicamente espiritual, mi hijo me traía de vuelta al mundano diario. Con una sonrisa tan bella y un amor tan puro que no he podido más que pensar que eso era lo que tenía que ser y por tanto lo mejor. Con total certeza.
Y así he pasado casi toda mi vida, de puntillas a punto de elevar el vuelo o aplastada contra la tierra, sintiendo una fuerza de gravedad que me tornaba muy pesada.
Pasando fines de semana en retiro en los que rápidamente conectaba con mi ser interior, con la belleza y el amor para después, sin solución de continuidad, mirarme en el espejo de los otros, tratando de obtener una visión proyectada de mí satisfactoria. Tratando de gustar, de ser aceptada, de resultar profunda cuando lo que estaba movilizando era la superficie.
La clase media. En medio. Balanceado. Con los pies en el suelo, el corazón mediando y la cabeza arriba.
Utilizar la materia sin apegarse a ella. Proyectar sin desear. Estar sin subir y bajar.
Es un regalo esta oportunidad. Mediocre. En el medio. Se puede poco a poco llegar a estar en equilibrio. En una sociedad que te empuja pero que lo único que puede hacer es presionar. Como un dedo en un bizcocho para saber si está tierno.
Aún queda un poco de horno, pero el color y el olor son deliciosos.
Creo que el próximo maestro espiritual será dependienta de El Corte Inglés.
Cogió un taburete y se sentó junto a su madre, que estaba pelando judías verdes
- Mamá, ¿por qué disfruto contando desgracias?
Su madre le miró sin comprender. Julio continuó:
- Es algo que me pasa y quiero saber por qué. El otro día, cuando murió el padre de Isabel, fui a contárselo a todos. El año pasado, cuando la profesora de matemáticas tuvo cáncer, también me gustó hablar de ello y ayer, la hermana de Sofía tuvo un accidente muy horrible y mira, vine corriendo a casa y os lo conté.
Su madre, sin dejar de pelar, le miró distraída y azorada
– Bueno, Julio, eso no es algo raro. A todos nos pasa. Y no es que nos guste, es que los humanos sentimos interés por cosas desagradables. A eso se le llama morbo.
- ¿Morbo? – repitió Julio.
- Sí, hijo. Morbo. Es lo que hace que veamos esos programas de televisión en los que la gente se insulta, que nos paremos a mirar un accidente o lo que dices que te pasa a ti, que cuando sucede algo terrible tienes la sensación de disfrutar hablando de ello.
- Pues a mí no me gusta el morbo. Es que, mamá, creo que estoy enganchado. Anoche estuve pensando en ello. Pensé que a lo mejor tengo que hablar de ello para darme cuenta de que no es a mí al que le ha pasado y que estoy a salvo. O que me pasa porque soy un poco malo y hablando de algo que es malo también, no tengo que disimular haciéndome el bueno. Después me vino la idea de que igual pienso que la gente se merece lo que le pasa, pero eso era tan feo que no lo quise pensar mucho.
Ahora había dejado la verdura y miraba fijamente a su hijo. Sus ojos brillaban. Se quitó despacio el delantal, besó a Julio en la frente y dijo:
- ¿Sabes qué? Que yo también estoy enganchada a decir malas noticias y tampoco me gusta el morbo.
(¿MENSAJE DESDE EL INCONSCIENTE?)
No nos conviene a ninguno volver a pronunciar frases hechas, hablar de lugares comunes, participar en conversaciones mentirosas y faltas de sentido.
Hacer esto diluye lo que eres y lo que haces aquí.
Hace desaparecer mi grandeza.
Los humanos constreñimos esa grandeza en cuanto la sentimos.
La primera medida para no hacer daño a este gran ser es mantenerse al margen.
Apartándote de determinadas conductas te permites fluir de dentro hacia fuera.
La alegría más pura y elevada nace de lo más profundo de tu ser.
Tu mente primitiva no reconoce esta fuente y desprecia este júbilo.
Pero en el núcleo de esta mente hallamos a la otra mente, la volátil. Si abrimos la primera a la segunda vencerá La Alegría.
La mente volátil conoce la trampa. El mundo no es verso sino acidez. No reconocer esta cualidad mundana nos resulta altamente perjudicial.
Mi nombre real es la luz que me acompaña desde antes de nacer a este mundo que se evapora.
Esta luz se convierte en mi mejor talento.
Lenta y espaciadamente podemos conseguir que aquello que considerábamos una tara se convierta en nuestra mejor virtud.
Para conseguirlo no es necesario hacer alarde de nuestros movimientos.
Tampoco necesitamos conocer el mecanismo por el cual sucede esto.
Simplemente hay que saber que casi la mitad de tu tiempo lo vas a invertir en multiplicar tu majadería.
Y tu división se doblará.
Por ello, dirígete con ímpetu hacia la unidad.
Tu inteligencia más esencial se alimenta de lo fresco y luminoso.
Como un prado húmedo al sol.
La maravilla de tu ser está en todas direcciones.
Conseguir esta apertura es la verdadera finalidad.
Cádiz, 7 Agosto
Hacer esto diluye lo que eres y lo que haces aquí.
Hace desaparecer mi grandeza.
Los humanos constreñimos esa grandeza en cuanto la sentimos.
La primera medida para no hacer daño a este gran ser es mantenerse al margen.
Apartándote de determinadas conductas te permites fluir de dentro hacia fuera.
La alegría más pura y elevada nace de lo más profundo de tu ser.
Tu mente primitiva no reconoce esta fuente y desprecia este júbilo.
Pero en el núcleo de esta mente hallamos a la otra mente, la volátil. Si abrimos la primera a la segunda vencerá La Alegría.
La mente volátil conoce la trampa. El mundo no es verso sino acidez. No reconocer esta cualidad mundana nos resulta altamente perjudicial.
Mi nombre real es la luz que me acompaña desde antes de nacer a este mundo que se evapora.
Esta luz se convierte en mi mejor talento.
Lenta y espaciadamente podemos conseguir que aquello que considerábamos una tara se convierta en nuestra mejor virtud.
Para conseguirlo no es necesario hacer alarde de nuestros movimientos.
Tampoco necesitamos conocer el mecanismo por el cual sucede esto.
Simplemente hay que saber que casi la mitad de tu tiempo lo vas a invertir en multiplicar tu majadería.
Y tu división se doblará.
Por ello, dirígete con ímpetu hacia la unidad.
Tu inteligencia más esencial se alimenta de lo fresco y luminoso.
Como un prado húmedo al sol.
La maravilla de tu ser está en todas direcciones.
Conseguir esta apertura es la verdadera finalidad.
Cádiz, 7 Agosto
Ahora es buen momento.
Lo que parece absurdo y difícil de expresar, tiene un significado: para protegerte de las inclemencias y aislarte, canta y baila. Construye tus cimientos, edifica tu ser, pero no olvides cubrirte con una protección lúdica. Cuando juegas realmente, sin esfuerzo, sin una aparente acción dirigida hacia fuera, estás tejiendo el tiempo ganado de El Gran Alma.
La fuerza vital creativa y fecunda tiene valor material, concreto pero mínimo. Su naturaleza es vibracional. Se expande en ondas que pueden recorrer cualquier distancia siempre que se sepa sintonizar con ellas.
Repugna la hipocresía cuando se lucha por algo que debiera ser natural. El pertenecer a una ideología o movimiento que abandera ideas sensatas y bondadosas no quiere decir que uno las esté llevando a cabo. Por el contrario, los ideales nos apartan de una vida plena. No se puede contener en un odre el mar. Los ideales son ideas soñadas. Ideas y sueños viven en la mente.
Como los rituales religiosos que quieren traer al mundo físico dones místicos. Lo virtual recrea lo material y nunca viceversa.
Galapagar 28 Agosto
Lo que parece absurdo y difícil de expresar, tiene un significado: para protegerte de las inclemencias y aislarte, canta y baila. Construye tus cimientos, edifica tu ser, pero no olvides cubrirte con una protección lúdica. Cuando juegas realmente, sin esfuerzo, sin una aparente acción dirigida hacia fuera, estás tejiendo el tiempo ganado de El Gran Alma.
La fuerza vital creativa y fecunda tiene valor material, concreto pero mínimo. Su naturaleza es vibracional. Se expande en ondas que pueden recorrer cualquier distancia siempre que se sepa sintonizar con ellas.
Repugna la hipocresía cuando se lucha por algo que debiera ser natural. El pertenecer a una ideología o movimiento que abandera ideas sensatas y bondadosas no quiere decir que uno las esté llevando a cabo. Por el contrario, los ideales nos apartan de una vida plena. No se puede contener en un odre el mar. Los ideales son ideas soñadas. Ideas y sueños viven en la mente.
Como los rituales religiosos que quieren traer al mundo físico dones místicos. Lo virtual recrea lo material y nunca viceversa.
Galapagar 28 Agosto
Efectivamente, con el paso de los años descubro que en su momento creí saber lo que ahora desconozco. Creí saber lo que es bueno para unos; creí saber que sabía lo que hacía; que sabía lo que quería hacer; que era humilde; que sabía lo que es la vida; lo que es el perdón y el amor; lo que duele el dolor; lo que significa la muerte, la crueldad. Creí conocerme y ser sabia al no dudar de mis interpretaciones.
Pero con el paso de los años descubro no que no sepa nada, sino que casi nada de lo que creí entonces me parece ahora cierto.
Pero sé nadar.
Ahora sé que yo no soy el centro. Que no soy el río. No soy una piedra que se hunde. Tampoco un tronco que flote a la deriva.
Soy un ser que nada.
Hacia una catarata o una orilla. Que traga agua y siente que es el fin. Que se hace el muerto porque sus músculos, entumecidos, le avisan de está luchando demasiado para tan poca fuerza que supone un humano corriente arriba.
Sé nadar.
Sé que me rodean más seres a los que amo y asusto.
Sé que las aguas pueden ser oscuras y traicioneras, pero que, en algunos momentos que afortunadamente son cada vez más frecuentes, siento que soy parte de ella y que mis movimientos son perfectos. Que soy poderosa y ágil.
Ahora floto. Me sumerjo y buceo. Veo formas que se iluminan por un sol oblicuo que las baña de matices.
Soy un ser que nada. Nada me parece ahora más importante que este conocimiento.
Pero con el paso de los años descubro no que no sepa nada, sino que casi nada de lo que creí entonces me parece ahora cierto.
Pero sé nadar.
Ahora sé que yo no soy el centro. Que no soy el río. No soy una piedra que se hunde. Tampoco un tronco que flote a la deriva.
Soy un ser que nada.
Hacia una catarata o una orilla. Que traga agua y siente que es el fin. Que se hace el muerto porque sus músculos, entumecidos, le avisan de está luchando demasiado para tan poca fuerza que supone un humano corriente arriba.
Sé nadar.
Sé que me rodean más seres a los que amo y asusto.
Sé que las aguas pueden ser oscuras y traicioneras, pero que, en algunos momentos que afortunadamente son cada vez más frecuentes, siento que soy parte de ella y que mis movimientos son perfectos. Que soy poderosa y ágil.
Ahora floto. Me sumerjo y buceo. Veo formas que se iluminan por un sol oblicuo que las baña de matices.
Soy un ser que nada. Nada me parece ahora más importante que este conocimiento.
Los medios de comunicación comienzan a desterrar la regla de que solo la mala noticia es noticia. A3 Noticias incluye en su noticiario un espacio titulado: La Buena Noticia. Carles Francino, en su programa radiofónico Hoy por Hoy, de la Cadena Ser, también cuenta con un espacio con el mismo contenido y nombre.
Algunas revistas de publicación semanal o mensual empiezan a apostar por ofrecer, aunque sea tímidamente, un poco de bondad y hermosura.
Aunque hace ya casi un mes, recuerdo casi emocionada la noticia que dieron en numerosos medios:
Miles de delfines salvan a barcos chinos del ataque de piratas somalíes
Según la Radio Internacional de China, los delfines rodearon a un grupo de barcos mercantes chinos que navegaban por el golfo de Adén escoltados por buques militares de su país. Los delfines formaron una barrera que impidió a las lanchas de los piratas acercarse a los barcos chinos, lo cual les obligó a retroceder.
No he tenido mucho tiempo para buscar hoy buenas noticias, porque las agencias de prensa no suelen recogerlas y hay que dedicar horas para encontrarlas entre las cifras de gripe A, asesinatos varios y demás desgracias. Pero aunque no pueda dejar aquí constancia de alguna de ellas, puedo asegurar desde estas líneas que ocurren. No es que tenga una corazonada, como la tiene Madrid con sus Olimpiadas, tengo una absoluta CERTEZA.
Hoy ha llovido y ha salido el sol y he amado y me he enfadado y he sentido dolor.
Y recuerdo todos los buenos momentos de esta semana. El compañerismo con mis amigos de la radio, las cualidades y fotografías de mi hijo, el taller del jueves que creí me supondría un reto y resultó un regalo, la ayuda de amigos que no pensé recibiría, la cena que esperaba tensa y fue divertida. La visita al teatro con familia a familia.
El corazón abierto.
Mis buenas noticias son las tuyas. Las buenas noticias del mundo son de todos. ¡Queremos saberlas!
Algunas revistas de publicación semanal o mensual empiezan a apostar por ofrecer, aunque sea tímidamente, un poco de bondad y hermosura.
Aunque hace ya casi un mes, recuerdo casi emocionada la noticia que dieron en numerosos medios:
Miles de delfines salvan a barcos chinos del ataque de piratas somalíes
Según la Radio Internacional de China, los delfines rodearon a un grupo de barcos mercantes chinos que navegaban por el golfo de Adén escoltados por buques militares de su país. Los delfines formaron una barrera que impidió a las lanchas de los piratas acercarse a los barcos chinos, lo cual les obligó a retroceder.
No he tenido mucho tiempo para buscar hoy buenas noticias, porque las agencias de prensa no suelen recogerlas y hay que dedicar horas para encontrarlas entre las cifras de gripe A, asesinatos varios y demás desgracias. Pero aunque no pueda dejar aquí constancia de alguna de ellas, puedo asegurar desde estas líneas que ocurren. No es que tenga una corazonada, como la tiene Madrid con sus Olimpiadas, tengo una absoluta CERTEZA.
Hoy ha llovido y ha salido el sol y he amado y me he enfadado y he sentido dolor.
Y recuerdo todos los buenos momentos de esta semana. El compañerismo con mis amigos de la radio, las cualidades y fotografías de mi hijo, el taller del jueves que creí me supondría un reto y resultó un regalo, la ayuda de amigos que no pensé recibiría, la cena que esperaba tensa y fue divertida. La visita al teatro con familia a familia.
El corazón abierto.
Mis buenas noticias son las tuyas. Las buenas noticias del mundo son de todos. ¡Queremos saberlas!
Os informo de la publicación del texto transdisciplinar “KRISIS”, en el que, desde la Medicina, la Psiquiatría, la Psicología, la Filosofía, la Pedagogía, el Arte, etc. se ofrece un abanico sugestivo de análisis, posibilidades y alternativas al contexto actual.
M. Almendro (Coord.),
F. Mayor Zaragoza, J.M. Prieto, A. Calles, R. Blasco, V. Gawel, S. Harguindey, S. Grof, V.J. Wukmir, M.P. González. L. Caturla, A. De la Herrán, T. Álvaro, A. Mª Aluja Farré, E. Juan Linares, Mª J. Hermoso y J. C. Aguirre, I. Colón, W. Jäger, M. Toscano y G. Ancochea, V. Merlo, E. Gastelumendi Dargent, A. Díaz Rueda, S. Krippner, T. Pardo, A. Gangadean, y J. Pigem.
Ediciones La Llave.
Se presentará en la UAM (Universidad Autónoma de Madrid) el próximo jueves, 14 de mayo, a las 12.30 h., en el salón de actos de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación.
SINOPSIS
Crisis, quizás sea la única palabra que no entra en crisis. Es más, cotiza al alza. Sus fantasmas: guerras, hambre, paro, terrorismo, inmigración, delincuencia, violencia, enfermedades, cambios climáticos desastres naturales provocados por el ser humano y hasta el silencioso -relativismo y universalismo ingenuos- enhebran los informativos diarios.
El mayor problema de la humanidad podría ser el que más se ignora: el oscurecimiento de la conciencia y la crisis de valores subyacentes. Valores como el amor, la espiritualidad, la trascendencia, la autorrealización, la felicidad, el “conócete a ti mismo”…son ignorados o penalizados por nuestra cultura.
¿Dónde están las raíces del fracaso? El derrape de nuestro tiempo, la crisis psicológica, social, ecológica…?
Aunque la mayor parte de la población se decanta por seguir el modelo oficial para ser feliz, cada vez hay más personas que buscan la salud natural y la mirada hacia si mismos; tratando de encontrar sentido a sus vidas, alejándose de la programación neuro-informativa que se ejerce sobre el hombre-masa.
Sobre ello habla este libro.
Da la impresión de que estamos acercándonos al gran cambio. Que se ha agotado la vía patriarcal, materialista, mecánica y consumista.
Cada vez se levantan mas voces cuestionando la obsolescencia de nuestra cultura y la imperiosa necesidad de abrir los ojos a otros horizontes para encontrar nuevos paradigmas que favorezcan un cambio beneficioso para la humanidad.
Este libro presenta un abanico sugestivo e innovador de la crisis a través de curtidos profesionales de la medicina, psiquiatría, psicología, educación, arte… que desde sus campos y experiencias personales nos ofrecen posibilidades y alternativas para afrontarla.
F. Mayor Zaragoza, J.M. Prieto, A. Calles, R. Blasco, V. Gawel, S. Harguindey, S. Grof, V.J. Wukmir, M.P. González. L. Caturla, A. De la Herrán, T. Álvaro, A. Mª Aluja Farré, E. Juan Linares, Mª J. Hermoso y J. C. Aguirre, I. Colón, W. Jäger, M. Toscano y G. Ancochea, V. Merlo, E. Gastelumendi Dargent, A. Díaz Rueda, S. Krippner, T. Pardo, A. Gangadean, y J. Pigem.
Ediciones La Llave.
Se presentará en la UAM (Universidad Autónoma de Madrid) el próximo jueves, 14 de mayo, a las 12.30 h., en el salón de actos de la Facultad de Formación de Profesorado y Educación.
SINOPSIS
Crisis, quizás sea la única palabra que no entra en crisis. Es más, cotiza al alza. Sus fantasmas: guerras, hambre, paro, terrorismo, inmigración, delincuencia, violencia, enfermedades, cambios climáticos desastres naturales provocados por el ser humano y hasta el silencioso -relativismo y universalismo ingenuos- enhebran los informativos diarios.
El mayor problema de la humanidad podría ser el que más se ignora: el oscurecimiento de la conciencia y la crisis de valores subyacentes. Valores como el amor, la espiritualidad, la trascendencia, la autorrealización, la felicidad, el “conócete a ti mismo”…son ignorados o penalizados por nuestra cultura.
¿Dónde están las raíces del fracaso? El derrape de nuestro tiempo, la crisis psicológica, social, ecológica…?
Aunque la mayor parte de la población se decanta por seguir el modelo oficial para ser feliz, cada vez hay más personas que buscan la salud natural y la mirada hacia si mismos; tratando de encontrar sentido a sus vidas, alejándose de la programación neuro-informativa que se ejerce sobre el hombre-masa.
Sobre ello habla este libro.
Da la impresión de que estamos acercándonos al gran cambio. Que se ha agotado la vía patriarcal, materialista, mecánica y consumista.
Cada vez se levantan mas voces cuestionando la obsolescencia de nuestra cultura y la imperiosa necesidad de abrir los ojos a otros horizontes para encontrar nuevos paradigmas que favorezcan un cambio beneficioso para la humanidad.
Este libro presenta un abanico sugestivo e innovador de la crisis a través de curtidos profesionales de la medicina, psiquiatría, psicología, educación, arte… que desde sus campos y experiencias personales nos ofrecen posibilidades y alternativas para afrontarla.
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